SEMILLAS DE ESPERANZA PARA UN MUNDO MÁS HUMANO Y MÁS JUSTO
Querida Comunidad Esperanza, queridos amigos:
Con gozo y con gratitud profunda celebramos 22 años de existencia de Comunidad Esperanza, en el marco del año jubilar de la esperanza al que el querido e inolvidable Papa Francisco convocó en su momento a la Iglesia, a los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Un año jubilar es un tiempo especialmente dedicado al júbilo, a la acción de gracias por todas las cosas buenas que Dios hace por nosotros, un tiempo para volver con gratitud nuestro corazón hacia él. Y nosotros, a lo largo de todo el tiempo transcurrido, estamos invitados a contemplar y reconocer su cercanía en la persona de su hijo Jesús, en todos los momentos que han marcado nuestra trayectoria desde el principio hasta ahora, y alegrarnos por ello.
La alegría, de hecho, debe ser una nota distintiva en nuestra Comunidad. San Pablo nos recuerda que debemos estar siempre alegres en el Señor1, es decir poniendo en él nuestra esperanza y toda nuestra confianza, aun en los momentos difíciles.
Cada uno de los que hacemos parte de esta comunidad, sin importar el momento en que nos hemos integrado a ella ni el rol que desempeñamos podemos preguntarnos: ¿En qué momento he reconocido la cercanía de Dios en mi vida? ¿qué ha significado para mí ser parte de esta comunidad como miembro del equipo de trabajo, como colaborador o como estudiante?
“Dios
ha tomado la iniciativa
de ponerse a nuestro lado,
de hacerse solidario
con nosotros,
de ser nuestro amigo…”
Lo primero que debemos resaltar es precisamente el significado de esa palabra: “cercanía”. Dios ha tomado la iniciativa de ponerse a nuestro lado, de hacerse solidario con nosotros, de ser nuestro amigo sin tomar en cuenta si somos buenas personas o no, por pura gracia suya, porque nos ama. En este gesto suyo ya tenemos sobrados motivos para alegrarnos, para identificarnos con él y con su causa que no es otra sino —lo hemos dicho en innumerables ocasiones— la construcción de un mundo más humano y justo para que todas las personas puedan vivir en condiciones dignas, un mundo en donde no exista la pobreza ni la injusticia, un mundo en donde todos puedan realizarse y alcanzar sus sueños. Esto será posible si aceptamos seguir el ejemplo que nos dejó Jesús de Nazaret, que pasó por este mundo haciendo el bien2.
Lo dicho anteriormente no es algo que deba tomarse a la ligera, pues el sentirnos amados así, nos compromete a corresponder de la misma manera. Hoy día debemos comprender que la formación de un niño, de un joven o de un adulto no estará completa si no aprende el sagrado oficio de amar a los demás y a la creación entera a través de actitudes y hechos concretos. Hecho que nosotros debemos provocar.
La familia de la Ciudad de la Esperanza debe tomar conciencia de ello y descubrir que esta tarea es parte esencial de su misión y que solo puede cumplirla poniendo en acto el mandamiento del amor transformado en servicio generoso. Nada edifica más la vida de un niño, niña o joven, que contar en su vida cotidiana con el testimonio de personas que les inspiran y que le alientan a ir siempre mar adentro en la aventura de la entregarse a los demás, en el desafío de abrazar las causas justas y en el compromiso de poner sus talentos al servicio de la humanidad, especialmente la más necesitada.
“…el sentirnos amados así,
nos compromete a corresponder
de la misma manera”.
El mundo y el momento histórico que nos está tocando vivir, requieren de la presencia activa de personas que sumen a su profesión un hondo sentido de la compasión, cuyos valores humanos y espirituales estén muy bien cimentados y que estén dispuestos a nadar contra corriente para impedir que la maldad, la injusticia y la corrupción, acaben por destruirnos a todos. Los adultos de la Ciudad de la Esperanza tenemos que dar el primer paso y transmitir esta inquietud a nuestros niños y jóvenes.Para ello es esencial reflexionar con ellos acerca de la situación de nuestro país y del mundo, de manera que abran sus ojos a la realidad.
¿qué puedo hacer yo
para que el mundo cambie?
Es cierto que la mayoría de nuestros beneficiarios proceden de entornos donde la exclusión, la pobreza y la falta de oportunidades se han normalizado, pero eso no los excusa —como tampoco a nosotros— del deber moral de hacer suyos “los gozos y la esperanzas, las tristezas y las angustias… sobre todo de los más pobres y de cuantos sufren”3 de nuestros semejantes alrededor del mundo, de sentir compasión y empatía hacia tantos niños que sufren y mueren por causa del hambre y de la guerra y de empezar a buscar respuestas a la pregunta: ¿qué puedo hacer yo para que el mundo cambie? La humanidad entera debe encontrar un lugar en nuestro corazón. Solo así podemos despertar en la conciencia de nuestros niños y jóvenes ese necesario sentido de responsabilidad con el destino del mundo.
“La humanidad entera
debe encontrar un lugar
en nuestro corazón”.
Esto que estoy planteando debe ser parte esencial de proceso educativo en Comunidad Esperanza, que nació con el propósito de transformar la realidad a partir del servicio a los más vulnerables de nuestro entorno y ser signo de resurrección en una cultura de muerte que, desgraciadamente, aún prevalece y se manifiesta de diversas maneras. Nos toca discernir los signos de esa presencia que son negación de Dios y de su amor por el mundo. Paradójicamente, es desde esa realidad donde seguimos siendo llamados a hacer posible la civilización del amor.
“…desde esa realidad
seguimos siendo llamados
a hacer posible
la civilización del amor”.
No pretendo con lo dicho hasta ahora pintar un panorama pesimista; pretendo en cambio, prevenir contra la tentación de evadirnos de la realidad. La verdadera alegría, la belleza, la bondad, la esperanza misma se construyen con los pies en la tierra. Dios nos quiere así: alegres y esperanzados para vivir la misión. El mundo no necesita profetas de desventuras, sino anunciadores de buenas noticias, que defiendan con su vida lo que es bueno y justo para todos.
“La verdadera alegría,
la belleza, la bondad,
la esperanza misma
se construyen
con los pies en la tierra”.
Somos una comunidad misionera que cada día pone los pies en el surco de la historia, para sembrar la semilla del bien; una comunidad que debe vivir la experiencia de la cercanía de Dios.
Y no olvidemos que no hay mejor manera de estar con Dios, que estando al lado de los pequeños, los pobres y los desvalidos. Esa ha sido la gracia que nos ha sido concedida a lo largo de estos veintidós años, eso es lo que celebramos y agradecemos.
Dirijo un pensamiento lleno de afecto a todos nuestros amigos y bienhechores. Sin su apoyo, muchas cosas no habrían sido posibles, ellos han sido expresión de la Providencia que nunca nos ha abandonado.
Que nuestra Señora de la Esperanza y nuestra familia del cielo, intercedan por nosotros.
Afectuosamente:
P. Sergio Godoy
Cobán, agosto de 2025