La Ciudad de la Esperanza | LAS LETRAS DE CARBÓN
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LAS LETRAS DE CARBÓN

14 Jun LAS LETRAS DE CARBÓN

Por muy insignificante que pueda parecer ese momento, o lo aparente esa persona, puede que en el fondo sea todo lo contrario. De hecho, ninguna persona debería aparecer a nuestros ojos como insignificante por su baja condición social o por una situación de vida considerada como fuera de lo aceptable socialmente. Todo ser humano encierra dentro de sí un misterio y una chispa de luz que sumada a muchas otras, forman una constelación capaz de mayor belleza que una noche estrellada.

Pero, insisto, es preciso ver con el corazón, como escribió en su momento Saint Exupery. Este es un don que tienen los niños, un don que los adultos hemos poseído alguna vez en nuestra vida, pero que por alguna razón fuimos desaprendiendo para volvernos gente “razonable y correcta”. Más adelante, cuando por fortuna caemos en la cuenta de que existir en profundidad requiere cambiar nuestra comprensión del mundo y de la gente, hacemos un esfuerzo por reaprender lo que un día decidimos olvidar para adaptarnos al mundo.

Hacer una lectura de los acontecimientos desde esta perspectiva supone la capacidad de “contemplar”, adorar la huella divina presente en la historia y en los seres que pueblan el universo. Pero adorarlo desde aquellas circunstancias que parecen absurdas, es un desafío muy grande.

 

Un día de estos me encontré con Irma, quien cuando vio que me aproximaba escondió su flaca figura detrás de la de la suegra a quien acompañaba. Me pareció que la vida había sido realmente ingrata con ella, ahora reducida apenas a la sombra de lo que hasta hace poco era una muchacha sonriente, fuerte, guapa y llena de vida.

Nos conocimos con Irma desde el primer día en el basurero. Fue de esas primeras chicas que me recibieron sin hacer tantas historias a diferencia de otros. Al igual que dos de sus hermanos, había sido enviada a trabajar al vertedero –la historia de siempre- para apoyar la economía familiar. Así que no era nada nuevo para ella el tener que echarse a la espalda o subir sobre su cabeza un pesado bulto para llevarlo del lugar de descarga a la chabola.

Nada diferente que decir en relación a otras muchachas que frecuentaban el vertedero y que siendo un poco mayores que Irma, comenzaban a ser objeto de lo que hoy podemos llamar abiertamente acoso, por parte de algunos adolescentes e incluso de chicos mayores que necesitaban demostrar su hombría ejerciendo sobre ellas alguna forma de violencia que terminaban sumisamente aceptando. Mucho después, entrando más a fondo en ese mundillo, te vas enterando de lo que realmente pasa y que el abuso sexual o lo que hoy conocemos claramente como violación, era y sigue siendo moneda corriente en ese entorno que puede mostrarse tan hostil para el extraño, al igual que lo es con quien no tiene más remedio que hacer de él su hábitat.

Aunque se niegue una y mil veces, los hombres siguen considerando el cuerpo de las mujeres como objeto de su propiedad. Y aunque ellas trabajen hombro con hombro a su lado, al final del día no tienen −salvo casos extraordinarios− las mismas oportunidades o derechos que ellos.

A lo mejor esta situación vaya cambiando poco a poco, pensé en su momento, si ellas también tienen acceso a la educación. Así fue como intentamos una escuela de alfabetización para los chicos y chicas fuera de edad escolar que querían aprender a leer y a escribir y a quienes en su momento les fue vedada la posibilidad de escolarizarse.

En ese primer grupo estaba incluida Irma, además de una decena de niños y niñas que hacían lo posible por asistir lo más frecuentemente a sus clases en la parroquia, mientras se terminaba de construir en el vertedero el salón de clases al que la gente bautizó como “La Escuelita Feliz”.

(“La Escuelita Feliz”, qué paradójico el nombre para un lugar tan lleno de desgracias, para unas vidas más que salpicadas por la pobreza, para un espacio en donde los ángeles pierden sus alas. Si no fuera porque los pequeños, especialmente, tienen la capacidad de sonreír, de jugar, de aprender a querer, diría que suena como un insulto a la infelicidad que, al igual que un fantasma tan negro como los zopilotes, aletea sobre esta gente olvidada a su suerte).

Para Toño, el voluntario malagueño que asumió la tarea de ser el profesor de estos chicos con una metodología tan genial como su alma andaluza,  no había otra cosa más importante que ayudarles a ir más allá de aprender las letras y los números: quiso nutrir su espíritu también, hasta el punto de llevarles un día de excursión para que conocieran el mar, experiencia que sin duda, en la Irma adulta, aún permanece como un recuerdo grato en medio de la ingrata existencia cotidiana.

Mientras esto ocurría, yo a lo mío cada vez que podía. Las tardes de los jueves eran tan sagradas como las jornadas sabatinas, porque era el día de la convivencia y me resultaba gratificante poder compartir con ellos algunas horas que no sabía a ciencia cierta si les aliviaban de sus penas, o a mí de las mías. Ningún día era igual a otro, aunque el paisaje cambiara poco: las moscas en las tardes de verano rabiosamente zumbaban sobre los restos de comida, o sobre un pedazo de carroña que picoteaban los zopilotes dando pequeños saltos de un lado a otro en torno al cadáver, lo mismo que los perros se disputaban rabiosamente un pedazo de carne o a una hembra en celo y la gente de vez en cuando, se dejaba llevar por el mal genio y se armaba la grande.

Alguna vez tuve la tentación de abandonar la aventura, de salir corriendo porque se me hacía insoportable el ambiente y llegué a sentirme inútil. Probablemente me retenían los niños y el balón de fútbol, pero con eso no iba a lograr transformar vidas: eran simplemente horas perdidas corriendo como desesperados detrás del balón en partidos que podían durar más de dos horas. Pero más allá de eso, ¿estaba aportando realmente algo a la vida de esa gente?

Ante mis ojos desfilaba la miseria irremediable de muchos, la desconfianza y la malquerencia de otros, la prepotencia de algunos y la indefensión de los más vulnerables; el alcohol, el pegamento, la enfermedad y la muerte aceptadas como un hecho irremediable porque en un país como el nuestro, los pobres entre los pobres –y sé muy bien a quienes me refiero- nacieron en el lado equivocado de la historia.

Esto llega a cansar el ánimo y a perder la perspectiva. De vez en cuando te entra la tentación de preguntarte si realmente vale la pena apostar por esa gente que no va a prosperar más allá de sus narices en lo que les resta de vida. Eso era lo que estaba rumiando disgustado, la tarde aquella de un jueves 29 de junio mientras daba vueltas con la paleta, empeñado en que no se ahumara, el atol de la merienda. No había nadie para ayudarme, nadie se acercaba para interesarse por lo que estaba haciendo, nadie me había ofrecido siquiera ayudarme a juntar el fuego. Todos estaban a lo suyo y únicamente llegarían cuando a voz en cuello les gritara que estaba lista la merienda.

Mientras el humo del fogón me perseguía, porque el viento maliciosamente lo hacía girar hacia donde me moviera, yo protestaba para mis adentros. Era uno de esos momentos en que estaba punto de perder la paciencia conmigo mismo y de tirar todo para marcharme a casa, hacer la maleta y escapar lo más lejos posible. Sí, por supuesto que mascullé más de alguna palabrota mientras tomaba conciencia realmente de lo que estaba pasando y me preguntaba por enésima vez esa tarde, si realmente valía la pena.

Alguien llegó a sacarme de mi encierro mental y me empezó a dar conversación con alguna de sus ocurrencias. Era justamente Irma, que había terminado la tarea de recolección y se acercó para hacerme compañía y contarme de las cosas que estaban ocurriendo en el vertedero; cosas sin importancia probablemente para mí en ese instante, sumido como estaba en mis propias cavilaciones.

Quien haya tenido la paciencia de llegar hasta este punto de la historia, se habrá dado cuenta de que el protagonista de esta historia es (o era −espero−) un tipo centrado en sí mismo y empeñado en hacer girar el mundo en torno a su persona. Puedo en cambio, como un intento de descargo de culpa, alegar en mi defensa que se necesita poco para sacudirme y situarme en otra dimensión, tal y como ocurrió en ese momento: Irma tomó un pedazo de carbón, y empezó a escribir en el suelo el nombre de su profesor y otras palabras de las que se había ido adueñando…

¡Irma estaba aprendiendo a escribir!, en breve podría expresar muchas ideas a través del lenguaje escrito y pudiera ser que eso le llevara a romper el círculo maldito al que chicas como ella estaban condenadas de antemano; a lo mejor podría sacarse la primaria y puestos a soñar, llegaría a tener una profesión… ¡Claro que sí! Entonces valía la pena esta y muchas otras ahumadas. Esa no fue solo una señal clara de que la cosa marchaba, sino todo un regalo que me acarició el alma en esa tarde de junio.

Fueron transcurriendo los meses y la vida pintaba ahora de un color optimista, ora de un tono más oscuro, según se fueran dando las cosas. Irma y los demás seguían aprendiendo a su ritmo y madurando en su manera de entender las cosas al tiempo que empezaban a crecer y a ver cómo sus cuerpos se transformaban y empezaban esa transición de la niña a la mujer, del niño al hombre, en donde también allí, en ese lugar, los sentimientos empiezan a aflorar.

A pesar de todo, la vida podía ser tan simple… Como aquel sábado cuando miré a una voluntaria española sentarse a llorar conmovida por una escena que para los demás podía ser normal. Y es que mucho del trabajo de los voluntarios según lo entiendo, no consiste precisamente en trabajar, sino meterse en el mundo de estos chicos, comprender sus espacios, perder el tiempo con ellos para ayudarles desde ahí, a ampliar sus horizontes hasta donde se pueda y que más adelante con todo esto, ellos puedan construir una vida distinta, al menos en algún aspecto. Pero ocurrió que ella y otras dos chicas estaban compartiendo con Irma y otras niñas e invitándoles a jugar, cuando una de las pequeñas se acercó a un montón de basura y tiró afuera una manguera, y con ella les invitó a todas a saltar la cuerda −comba−.

Nosotros solemos perder la capacidad de asombro muy rápidamente frente al paisaje que vemos todos los días, volvernos insensibles ante las cosas que pudieran enternecernos si estrenásemos la mirada del corazón todos los días. Por eso quizás, esta chica que estaba estrenando mirada en un mundo en el que faltaban tantos bienes, pero sobraban las sonrisas infantiles, no pudo dejar de sentirse golpeada ante un gesto que en su porción de mundo, donde todo puede ser mucho más fácil pero más frío, parecía inconcebible. Sí, suele ocurrir que de pronto una caja de plástico se convierta en un trineo que se desliza veloz por la ladera arcillosa llevando el cascabeleo de muchas risas traviesas; que un viejo balón corra de una portería a otra haciendo las delicias de un grupo de muchachos que, entre gritos y maldiciones, se disputan la apuesta de la tarde, o que una vieja manguera, gire por los aires y haga saltar lágrimas de unos ojos morenos.

Irma llegó incluso a ser alguien que apoyaba en la escuelita cuando el tiempo se lo permitía. Toño, el malagueño, diligentemente había ido organizando la Primaria para que estos chicos fueran poco a poco avanzando en su escolarización, y yo me regodeaba ante la idea que esta niña pudiera un día llegar a ser maestra. Al fin de cuentas, no me cuesta mucho llegar a querer a las personas, pero lo que importaba era que ella creyera en sí misma y le diera valor a un proyecto así.

Pudieron más, a pesar de todo, el corazón y los besos. Un día se acercó para decirme que se casaba, que no iban a hacer fiesta porque no tenían con qué; que solo se casarían por lo civil y que más adelante tendría lugar la boda religiosa y que entonces harían fiesta. Pero que ella aun casada seguiría estudiando, porque el novio −un recolector como ella−  así se lo había asegurado.

Hoy, al cabo de unos cuantos años, la he visto pasar escondiéndose de mí detrás de la figura de la suegra. Su destino fue una chabola más miserable si cabe, que aquella de la casa paterna. Sus sueños los rompió la maternidad temprana y ese sistema perverso de algunos grupos familiares en donde la suegra manda más que el marido y lleva la voz cantante. ¿Cómo iba a ser posible que la mujer de su hijo se diera el lujo de ir a la escuela?, ¿cómo era que él se lo podía permitir? Su lugar era la casa y su sitio el fogón; su tarea dedicarse al hombre y traer hijos al mundo.

Y así fue. Tampoco Irma pudo escapar del cruel destino de las muchachas de su entorno. Si hubiese esperado un poco más y elegido a otro chico, ella que se veía tan fuerte y tan libre. Pero pudieron más el corazón y los besos…

Quién sabe, a lo mejor sus hijos corran mejor suerte y no todo haya sido en vano. La historia todavía no termina de escribirse y la vida no dejará de sorprendernos.

 

Sergio Godoy

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