La Ciudad de la Esperanza | ¡CORRE JERRY, CORRE!
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¡CORRE JERRY, CORRE!

05 Feb ¡CORRE JERRY, CORRE!

Daba gloria  verlo aquella primera víspera de Navidad, cuando junto a otros niños del vertedero preparamos el árbol y lo llenamos de luces. Era un árbol humilde, comprado de prisa pensando en ellos, para atraerlos a la casa y compartir juntos un poco de la ilusión que a muchos hasta ese momento  la vida les había negado.

Su carita redonda y seria se iluminó junto al árbol y, aunque no era un niño de muchas palabras, pasamos una velada agradable, con chocolate caliente y galletas.

Nuestra relación había comenzado poquito a poco y con complicaciones. El aire de sospecha que despertaba la presencia de un cura merodeando por el basurero, tardó un poco en disiparse. Se necesitaron varios meses para ir generando confianza entre los adultos y convencerlos de que no era cierto, que no había llegado para robarme a los niños (aunque ellos a mí, comenzaban a robarme el corazón). El resto, lo hicieron la olla de la merienda y el balón de fútbol.

Confieso que me sentía un irresponsable descuidando las tareas pastorales de la parroquia –cosa muy importante- cuando, acompañado de muchos de esos chicos, me encaminaba colina arriba entre los pinos para alcanzar del otro lado la pequeña cancha donde jugábamos hasta que oscurecía. Sin embargo, ahora que han pasado los años, también debo reconocer que me sentía feliz, irresponsablemente feliz de estar haciendo algo diferente por entrar en un mundo que no era el mío y por tratar de entrar en la vida de cada uno de esos patojitos y ganarlos para la causa.

Jerry casi siempre jugaba de portero, y hay que reconocer que lo hacía muy bien. Era muy hábil para atajar balones y quien lo tenía en  su equipo se aseguraba la mitad de la victoria. El resto lo harían las carreras de arriba para abajo tragando polvo en los tiempos de calor, cuando el barro rojo de nuestra tierra está seco, o salpicando lodo y revolcándonos en las charcas cuando era tiempo de lluvia. En realidad no importaba mucho; es más: era lo que menos importaba. Casi estoy seguro que algún cazatalentos bien po-dría haber pescado ahí a alguna maravilla para jugar en ligas importantes, si nuestro medio no fuera tan miope y tan interesado.

Pero volvamos a Jerry y a ese escenario donde nos conocimos y entablamos, poco a poco, una amistad hecha de sonrisas y silencios; unos lazos que misteriosamente el tiempo se fue encargando de fortalecer.

La vida de los niños y niñas trabajadores del vertedero no variaba de un día para otro, pues se trataba de estar atentos a la llegada de los camiones que llevaban basura, y correr como locos detrás del mismo para hurgar entre los sacos o las montañas de desperdicios, en busca de algún botín preciado que podía consistir en latas vacía, cartón, papel, o algo más interesante que incluso pudiera servir en casa. Así que cada vez que se escuchaba el ruido del motor, comenzaba la competencia.

Jerry también corría en el grupo y era uno más haciendo lo posible por alcanzar aquello que pudiera ser útil para aportar a la economía de su hogar, y para ganarse alguna moneda si ayudaba a descargar la basura de algún pick-up, si por caso llegaba él antes que otros. Me llamaba la atención en Jerry cierta deformación en una pierna que po-dría haber resultado una limitación para poder desenvolverse con facilidad; pero al parecer él nunca hizo mucho caso de la misma como para sentirse inferior al resto del grupo y correr, correr y correr.

En la imagen de estos muchachitos en carrera, está quizás el mejor retrato de aquello que supone la vida de los que son pobres entre los pobres, pues su existencia es similar a una competencia por sobrevivir, donde se impone muchas veces la ley del más veloz, del más fuerte o del más chispudo.

Y sin embargo –aprovecho para decirlo ahora que se puede- hay tantos que no necesitan correr porque lo tienen todo, pero les falta la verdadera riqueza que intuí el primer día que me asomé a ese mundo extraño: porque se puede disfrutar de las cosas simples y sencillas de la vida, sin tener necesidad de gastar un centavo y ser rico de aquello que no se guarda en los bancos bajo siete llaves…

Durante el tiempo de clases, Jerry asistía a la escuela por las mañanas y luego venía a la parroquia   (en ese lugar fue donde comenzó a funcionar el proyecto) para comer y quedarse a las tutorías que, poco a poco, iban cogiendo fuerza. Era uno más en el grupo, siempre discreto y bien dispuesto para aplicarse y tratar de salir adelante. Y así ocurrió año con año: entre el trabajo, la escuela y los espacios que compartíamos, ese muchachito fue avanzando por mérito propio sin decir muchas palabras y sin hacer tantas historias, pero escribiendo la suya a fuerza de constancia, sin hacer alardes; tejiendo sus propios sueños como teje el gusanito su capullo.

Un día pudimos tener ya nuestra propia sede y nuestro propio colegio. Los espacios nuevos de Comunidad Esperanza parecían dilatar la mirada y hacernos respirar más hondo. Jerry vino a cursar entonces el Básico con nosotros y era posible verle más seguido, y darse cuenta que se iba transformando por fuera y por dentro.

No quiero decir con todo lo anterior que estaba frente a mí el muchacho perfecto; no. Siempre fue un chico común y corriente que necesitó muchas veces de la ayuda de otros y que falló en algunas cosas como tantos otros de su edad. Pero nunca perdió el coraje y la humildad para levantarse y seguir su camino. Y fue así como llegó el día en que terminó los estudios del Ciclo Básico.

Creo que fue entonces cuando, a pesar de todo lo que ya conocía de él, comencé a admirarle más y a quererle también un poco más. Se nos moría el mes de octubre y en este Cobán lluvioso la Providencia nos regaló una tarde de sol. Luis Adolfo Pop Laj, junto a sus otros compañeros se presentó a recibir su diploma. Al verlo ahí, revestido de un aire de silenciosa y juvenil dignidad, recapitulé todo lo que hasta ese día la vida me había enseñado, desde el encuentro con chicos y chicas como él. En su camisa blanca del uniforme, destacaba un botón rojo porque en casa no había otro más para sustituir el que faltaba; pero eso no pareció importarle, porque lo que contaba realmente era haber cruzado la meta y no los orígenes humildes, ni las carencias familiares.

Conmovido hasta lo más hondo y con la voz quebrada alcancé a decirle: –“Qué orgulloso estoy de vos”… Jerry nunca podría haber imaginado que en esas palabras, más que un reconocimiento público a su esfuerzo, iba toda mi gratitud; porque de gente como él yo podía aprender a ser más humano y creer que valía la pena el esfuerzo, los desvelos y el cansancio.

Llegó la etapa del Bachillerato y con ella más novedades: Jerry había cambiado desde hacía algún tiempo el balón de fútbol por la bicicleta y estaba resultando muy bueno para ese deporte. Abrí los ojos como platos cuando supe que ese patojito que corría detrás de los camiones de basura, ahora lo hacía en la ruta y en las pistas y que era parte del seleccionado juvenil a nivel nacional.

¡Qué alegría escucharle contar sus experiencias, sus viajes y sus planes!, qué bueno saber que le teníamos aún con nosotros al menos para echarle porras y ajustar sus calendarios de manera que no interrumpiera sus estudios mientras le tocaba entrenarse y competir. Por cierto, nunca tuvo una bicicleta propia, sino una prestada. La pasada Navidad trajo un regalo a casa: uno de los trofeos ganados en alguna competencia ese año.

Más de alguna vez me compartía la propuesta que le hacían desde la Federación de Ciclismo para que se fuera a la Capital a terminar sus estudios, los cuales obviamente, serían los fines de semana para que pudiera entrenar todos los días. Fueron muchas las veces que reflexionamos sobre ello y después sobre la posibilidad de continuar la universidad con una beca, siempre y cuando recibiera el apoyo de la Federación.

Pero en Guatemala el deporte es ingrato: ni las instituciones responsables de su desarrollo, ni las empresas que patrocinan deportistas, están interesadas realmente en las personas como tales, en su desarrollo integral. Cuentan tanto en cuanto ofrezcan resultados aceptables; cuentan las piernas y no el cerebro; mucho menos el corazón y los sueños. Así que Jerry con una sabiduría poco común para su edad, sin dejarse deslumbrar por las ofertas concluía por cuenta propia, que era mejor continuar aquí, en su tierra, entre los suyos.

Y fue así como con una bicicleta prestada, haciendo malabarismos con el calendario y esforzándose un poco más de lo normal, que le llegó el tiempo de las prácticas y el ansiado final de la carrera.

Una vez más a revivir recuerdos… Una vez más a mirar hacia atrás con gratitud, a contemplar el presente con gozo y el futuro con esperanza. Jerry, nuestro campeón, cruzaba otra meta y lo hacía con ese aire de serena dignidad que había adquirido con el tiempo, ese aire propio de los que no olvidan sus raíces, pero tampoco dejan colgados sus sueños.

Se nos moría otro mes de octubre; ese caprichoso octubre cobanero con su clima lluvioso y sus repentinos días de sol. Jerry vino muy temprano a casa en busca de un saco y una corbata para asistir a su graduación.  Mientras le anudaba la corbata acudieron a mi mente las tardes felices en el basurero, los días de trabajo y las horas compartidas cultivando la amistad.

Le pregunté en algún momento si se habría imaginado llegar hasta ese instante.   –“Cuando terminé la Primaria creí que ahí me iba a quedar; después cuando fui sacando el Básico, ya pensé diferente”, fue su respuesta.

Con la sonrisa más amplia y tragándome las lágrimas, le repetí lo que le había dicho dos años atrás: –“¡Jerry, qué orgulloso me siento de vos!”.

…Daba gloria verlo aquella mañana tantos años después de la primera víspera de Navidad: Al mirarlo desfilar con sus compañeros y acercarse a recibir su diploma, yo po-día estar seguro que las tardes perdidas con la olla y el balón, que los esfuerzos de tanta gente buena, que las penas y los desvelos por la Ciudad de la Esperanza, a causa de un muchacho como él, habían merecido la pena.

Desde hace varios días que no le veo. Sin duda alguna anda compitiendo por ahí mientras se prepara para una carrera más importante en otra pista: Jerry ha decidido ir a la universidad, pero también sueña con llegar a unas olimpíadas… Así sea.

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